MI JESÚS QUE SE RÍE
Los síntomas eran graves, debían internarme con urgencia. La tuberculosis estaba muy avanzada y mis pulmones no resistirían otro sangrado más. Suero, cama en el Hospital Francisco Muñíz, pastillas a montón, nada de almohadas, nada de alimentos o bebidas calientes… el mes de mayo de 2004 sorprendió a toda mi familia. Sorprendió mis estudios universitarios y mi trabajo. La noticia sorprendió a la iglesia y me sorprendió a mí cuando me dijeron que debería estar un mínimo de dos meses internado y ocho meses en tratamiento. Todo el orden de mi vida se vino abajo. La agenda se canceló. Los horarios dejaron de correrme. La preocupación se adueñó de nuestros días. Comencé a enterarme de muertes por tuberculosis. Los estudios no eran agradables y los informes médicos no eran claros. Haciendo un análisis de mi vida, los doctores concluyeron que me la podría haber contagiado en la provincia de Misiones realizando una labor comunitaria con JUCE, un ministerio de jóvenes cristianos dispuestos a dar todo por el prójimo. En medio del caos, pude conocer a un Jesús diferente. En medio de la tormenta de mi vida, pude ver al Jesús que camina sobre las aguas. En medio del tambalear del barco, pude ver al Jesús que calma tempestades. En medio de la nada, pude ver al Jesús que alimenta a cinco mil personas con tan sólo unos panes y algún que otro pescado. Pude ver al que pesca en cantidad, donde otros no sacan nada. En medio de mi enfermedad, yo conocí a un Jesús que sonríe. Un Jesús que sonríe con sonrisa pícara porque sabe qué hay detrás de todo esto. Una noche, mientras los demás pacientes del pabellón dormían, dibujé al Jesús que conocí. Lo llamé "Mi Jesús que se ríe" y está sentado en su escritorio del Cielo, leyendo nuestros Libros de la Vida y riéndose pícaramente de nosotros. La iglesia oró por mí. La familia Moreira se juntaba cada noche para rogar por mi vida. Una señora lloraba desconsoladamente cuando presentaba mi vida ante Dios. Los amigos, columnas puestas por el Señor para mantenernos en pie, hicieron su participación con grandes ayunos y cadenas de oración. Un hombre volvió a la iglesia después de años para rogar por mi vida. La respuesta a tantas oraciones se hacía cada vez más palpable en el Hospital. Muchos conocieron el Poder de Dios. Los médicos se sorprendieron cuando en tan sólo veinticuatro días me estaban firmando el alta médica. De dos meses, la cantidad bajó a sólo veinticuatro días. Nunca voy a olvidar la cama 5 de la sala 38 del Pabellón Koch del Hospital Francisco Muñíz, porque fue ahí donde conocí la risa pícara de Jesús. La risa que me acompañó en mi malestar y que sabía cómo seguiría todo en adelante.
El parte médico me imposibilitaba volver a mis actividades cotidianas por un período de dos meses. Dos meses en los que pude conocer de cerca la fidelidad de Dios. El trabajo me fue guardado, cobrando mi sueldo en su totalidad, más un aumento. De once pastillas con las que me estaban medicando, me las redujeron a tres y en sólo unos meses la doctora, sorprendida de que no quedaran secuelas en mis pulmones, me dio el alta definitiva. En medio de todo esto, conocí la sonrisa de Jesús.
La misma sonrisa que habrá puesto cuando Adán comenzó a inventar nombres para los animales. La misma sonrisa que cuando los espías se vieron siendo ayudados por una prostituta. La misma sonrisa que cuando Samuel confundía la voz de Dios con la del sacerdote Elí. Esa sonrisa, esa misma sonrisa, creo que fue la que Jesús puso al oír a los doctores sentenciarme a dos meses de internación y verlos firmarme el alta en sólo veinticuatro días. Jesús se habrá reído cuando me dijeron que perdería el trabajo y los estudios. Se habrá reído porque veía que no tenían ni idea de lo que me decían. Se habrá reído con la cara de asombro de la doctora al ver lo rápido que mejoré.
Jesús se habrá reído al ver la cara de aquellos que, preocupados por mi bien físico más que por el espiritual, me preguntaban si seguiría participando de viajes solidarios, a lo que yo respondía afirmativamente.
Ese mismo año obedecí el llamado que Dios me estaba haciendo al trabajo con la comunidad sorda. Desde chico veía a mi tía del corazón, Ana, mover sus manos para comunicarse y siempre dije "yo quiero comunicarme con ellos también", pero por una cosa o la otra siempre posponía el aprendizaje de la lengua de señas. Así fue que estando internado decidí comenzar a estudiarlas. Por fe me anoté telefónicamente y la primer clase tuve que "escaparme", con cierta autorización de los médicos, para poder cursar. Mi tía me llevó en el auto desde el Hospital hasta el Instituto, me esperó y luego me llevó de regreso. A la semana siguiente hicimos lo mismo y para la tercera clase ya podía ir por mis propios medios porque ya estaba en mi casa con el alta médica firmada.
Si por servir a Dios debo sufrir enfermedades y padecerlas internado, entonces deberé hacerme socio del Hospital. Pablo hubiese seguido predicando aunque hubiese sabido que terminaría en la cárcel. "Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia". Acá estoy, animándote, poniéndome como ejemplo de que se puede, de que existe la salida en Cristo.
Soy Jonatan Bogacki, y como una especie de Simón Pedro del siglo XXI que al conocer a un Jesús que se ríe, dejándolo todo, lo siguió. jonymcd@hotmail.com
Amalia Beatriz Korszyk Interprete Oficial de Sordos
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