Navidad: Un Dios que sabe lo que es llorar...
No hay nada en el mundo más frágil que un bebé llorando. Indefenso, con sus manitos cerradas, los bracitos a los costados, todo colorado por el esfuerzo, llorando a todo pulmón. Absolutamente frágil y dependiente de la ayuda de alguien más. Quiere comer, o está asustado, y necesita a su mamá para que lo atienda. ¡Que alivio verlo calmarse llorando de a sorbos mientras toma su mamadera, hasta que una sonrisa y la paz vuelven a su rostro!.
No hay nada más estremecedor ni atemorizante que un potente trueno precedido por un fulgurante rayo en la noche oscura. No sé si se percibe peor en el campo lleno de árboles y sin tanto pararrayos o cuando retumba entre los altos edificios de una gran ciudad.
Creemos en un Dios Todopoderoso, que hizo todo lo que existe y que conocemos. Sabemos que la Biblia lo describe con una voz como un potente trueno que retumba en el infinito.
Un Dios así puede ser imponente, poderoso, pero también puede ser lejano, frío, atemorizante.
Sabemos muy bien que Dios es mucho mayor que el poder y el estruendo de un trueno o un rayo que surge en la oscuridad.
Pero también es un Dios que ha tenido que llorar.
Como usted y yo. Tal cual.
Algo muy importante de la Navidad es que podemos conocer el otro lado, la otra cara de Dios.
Un Dios al que no se le cae su eficacia porque lo encontramos en un humilde pesebre, rodeado de animales, llorando a más no poder. Colorado como un tomate, queriendo decir con su llanto desesperado ¡Quiero tomar la leche, ahora!
Un Dios que necesita a una joven y asustada mujer primeriza para que calme sus temores, su hambre, sus ansiedades. Que lo ayude a dar los primeros pasitos, que le enseñe a hablar.
Todos conocemos el texto que nos dice que Jesús lloró, cuando murió Lázaro.
Pero muchos olvidan que Jesús lloró otras muchas, muchas veces más.
Lloró cuando era bebé y necesitaba comer. Cuando necesitaba que le cambien los pañales.
Cuando jugando en la carpintería de su papá, se pinchaba la mano con alguna astilla, o el pie con algún clavo oxidado…. Habrá llorado muchas veces de miedo cuando arreciaba una potente tormenta y salía corriendo a los brazos de papá o de mamá para estar protegido y seguro…
Jesús habrá llorado angustiado cuando se moría algún niño conocido de su pueblo (la mortalidad infantil era violenta en esos tiempos). O cuando algún otro niño amigo defraudaba su amistad.
Jesús habrá llorado viendo la pobreza de mucha gente alrededor suyo. Habrá llorado muchas veces viendo a tanta gente sufrir por aquí y por allá.
Lloró cuando murió Lázaro por su amigo y por todos los amigos y seres queridos que serían arrancados alguna vez por una muerte prematura. Jesús conoció el dolor y el sufrimiento de la humanidad.
Lloró y clamó cuando sintió que hasta el cielo se cerraba para El, cuando dijo, clavado en la cruz: “¡Padre!, ¿Por qué me has desamparado?.
Pero a pesar de que llorar pareciera una muestra de debilidad, ¡ese Dios me gusta más!.
Me gusta más que el lejano, potente, que mete miedo, intocable, al que nadie se podría acercar.
El Dios de la Biblia, nuestro Dios, es un Dios de amor. Un Dios que se hizo como uno de nosotros. Rió, sufrió, lloró, conoció los placeres y las desdichas de ser humano.
Me gusta mucho más un Dios que me entiende.
¡Que grande nuestro Dios, tan grande que me entiende cuando estoy contento, y también cuando tengo muchas ganas de llorar, de impotencia o de dolor!…
¡Que impresionante es tener un Dios tan grande, pero tan humilde, que hasta ha sabido lo que es llorar!
La Navidad es cuando Dios, un Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, se hizo hombre, fue un indefenso bebé, un tierno niño, alguien que sufrió y conoció el sabor de las lágrimas, pero lo más hermoso y destacable de la Navidad es que Dios hizo todas estas cosas
¡por amor a la humanidad!.
¿Alguna vez sentiste que nadie te comprende, que nadie puede podría compartir tus lágrimas?
Dios sí entiende lo que estás pasando.
¿Alguna vez sentiste que hasta el cielo pareciera esconderse de tu realidad?
Dios sintió lo mismo en la cruz. Y lo hizo por cada uno de nosotros.
El estuvo antes allí.
El ahora ya no es un tierno niño. Ese Jesús, Dios hecho hombre, ahora está junto al trono de Dios Padre, para ayudarte cualquiera sea tu situación.
Ahora El espera que al igual que un pequeño niño, confíes tus necesidades y tus problemas en su infinito poder.
Pide con fe. En medio de tus lágrimas, de tu angustia o de tu dolor…
Luego recibe con fe la ayuda de Dios, ¡de un Dios que sabe y comprende aún lo que es llorar!.