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¿Se puede Aprender en el Dolor?
Por Prof. David Acevedo | Fecha de publicación:  26/05/2006 | Para Reflexionar | No calificado
Prof. David Acevedo

Misioneros, junto a su esposa Fernanda Abbona e hijos Pablo y Adriel, en La Punta, Pcia. de San Luis. Profesor de Música. Profesor del CCC (Centro Cristiano de Capacitación). Graduado del IBRP (Instituto Bíblico Río de la Plata).  

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¿Se puede Aprender en el Dolor?

Casi todas las personas evitamos las situaciones de dolor, aquello que nos afecta de una u otra manera, que hace doler a nuestros más profundos sentimientos. El gran sabio Salomón, en su libro de Eclesiastés nos hace reflexionar en estas palabras: 7: 5  “Vale más oír reprensiones de sabios que alabanzas de necios.”

En su libro de los Proverbios, el rey Sabio aclara con otra perspectiva este mismo punto:

27:5-6 “Vale más reprender con franqueza que amar en secreto. Más se puede confiar en el amigo que hiere que en el enemigo que besa.”

 

El dolor que está tratando estos pasajes de la Biblia es el que nos produce una persona que queremos, amamos, respetamos. Puede ser un familiar directo, (madre, padre, hijo, hermano, tío, sobrino, abuela, nieto, etc.) un amigo, o un maestro. La palabra utilizada aquí es reprensión, que puede ser entendida también como reprimenda, sermón, corrección. Y la causa del dolor es justamente que a mi entender, nadie se pone contento cuando lo corrigen. Y menos cuando el que lo hace es alguien cercano. Nuestra primera reacción es enojarnos o entristecernos, pensar en que lo dicho nos ha dolido y rechazar ese mensaje. Muchos justificamos nuestras actitudes, y no queremos ver que aunque nos duela, lo que nos dijeron era cierto.

Por otro lado, es de destacar que corregir algo en una persona a la que se ama, no es una situación placentera, sino más bien algo de lo que muchos evitamos tener que hacerlo. Y es muy valiente demostrar amor en este contexto.

Quiero ilustrar este punto contándoles una historia personal. Tenía unos 10 u 11 años de edad y estaba experimentando el decir malas palabras en público. Lo hacía en el ámbito de la escuela, y me resultaba placentero. Un día, con unos amigos habíamos discutido, y no habíamos llegado a agredirnos físicamente, sino que comenzamos a insultarnos con las peores expresiones que conocíamos. Claro, no estábamos en los recreos escolares, sino en una calle cercana a mi barrio. Y para mi desgracia, una tía estaba escuchando azorada, lo que de mis labios salía con tanta fluidez. Cuando terminé, y me di vuelta para dirigirme a mi casa, la vi parada al otro lado de la vereda. Supe que eso no tendría un buen final para mí. Al enterarse mi madre, me llamó. Yo creí que recibiría una gran reprimenda y un castigo ejemplificador. Pero lo que me esperaba no era eso, sino que mi mamá me hizo repetir una a una las palabras que había pronunciado en la calle. No llegué a decirlas todas, porque la vergüenza era tal que rompí en llanto. Ella me explicó el exacto significado de cada una las palabras insultantes que yo utilicé, y realmente ese momento no fue nada agradable. Luego me recordó que  era un cristiano, y que pensaríamos todos si escucháramos a Jesús pronunciando tales términos. Al final no hubo un castigo, solo me recordó que decepcioné a mi familia y sobre todo a Dios con ese hecho desagradable. En esos primeros minutos luego de mi encuentro con mi madre, me surgieron unos sentimientos de bronca, y ganas de desquitarme con esa tía que me había descubierto. Luego eso mismo sentí hacia mí mismo por ser tan poco precavido en público. Al pasar el tiempo, hoy puedo decir que no digo malas palabras ni en público, ni en privado. Y si me dan ganas de decir, trato de pensar en las alternativas posibles para no pronunciarlas. Esa reprensión hizo efecto en mí de una manera notable y cambió una situación que hoy rechazo. No me gusta escuchar a personas que utilizan constantemente malas expresiones, desagradables, de muy poco gusto, despectivas. Y lo más triste es que estas expresiones las pronuncian delante de niños que luego las repiten.

Esta experiencia me aconteció a temprana edad, y debo reconocer que otras me han acontecido recientemente. Y admito que no me gusta recibir reprensiones de ningún tipo. Pero nadie está exento de ser corregido. Y cuanto más aceptamos la idea que no somos perfectos y que cometemos errores que pueden ser corregidos para mejorar como personas,  como cristianos que desean ser verdaderos hijos de Dios, mas cerca estamos de ser sabios.

Que les parece, si para terminar esta reflexión, pedimos a Dios que se encargue de corregir nuestra vida. Que mejor que el Maestro de maestros pueda enseñarnos a ser mejores personas, mejores padres, hijos, nietos, alumnos, empleados, patrones, jefes, subordinados, etc.

Los invito a que humildemente solicitemos ayuda del cielo para que nos dé fuerza y valentía para aceptar nuestros errores, y coraje para revertir los mismos.

“Ayúdanos Dios en esta etapa de nuestra vida. Queremos pedirte que Tú seas nuestro maestro, El que nos enseña a ser hijos e hijas que te aman verdaderamente. Pedimos al Espíritu Santo que nos llene de su poder para cambiar todo aquello que no está bien en nuestra vida. Es verdad que muchas veces cometemos errores, fallas, que afectan nuestra vida y las vidas de los que amamos y nos rodean. Danos valentía para aceptar nuestras equivocaciones, y coraje para cambiar. Todo esto te lo pedimos sabiendo que eres Bueno, Amoroso, Perdonador, y que nos amas profundamente. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.