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Sobre El Perdón
Por Dr. Daniel E. Dañeiluk | Fecha de publicación:  6/06/2006 | Para Reflexionar | No calificado
Dr. Daniel E. Dañeiluk
Médico, egresado de la UBA en 1992. Realizó postgrados en Diabetología y Medicina Forense. Actualmente se desempeña en el Depto. Médico Legal del Servicio Penitenciario Federal, como Médico Forense con jerarquía militar. Músico. Director Coral. Uno de los fundadores y primer Director de la Agrupación Hosanna.  

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Sobre El Perdón

En innumerables ocasiones tuve la oportunidad de escuchar a cristianos que cargan con una gran amargura por no poder perdonar. Tal es la magnitud de este conflicto, que sus vidas se ven, no solo afectadas, sino también condicionadas por el problema. Esta situación de experiencia interna, afecta todas las esferas de la persona, especialmente las afectivas y volitivas, tanto en las conductas como en el desarrollo individual. Puede llegar a deteriorar las relaciones interpersonales, inclusive a determinar el futuro de los más allegados. Generalmente, la cuestión pasa por el resentimiento a un tercero, o a su recuerdo si es que éste ya no está vivo. Pero otras veces, la persona no puede perdonarse a si misma.

De manera que estamos en presencia de un problema mayúsculo.

 

La Iglesia no es ajena a esto, ni debe serlo. La Biblia trata el tema desde una perspectiva amplia y a la vez profunda. El problema es que, ocasionalmente, nos encontramos con líderes que son estrechos y superficiales. No entienden, echan la responsabilidad sobre el hermano o hermana que desea perdonar pero no puede, que sufre por ello, haciéndolo sentir culpable, pecador. Así, un pobre creyente, que ingresa al camino del Señor, con un pasado de gran dolor, puede llegar a tener la idea errónea que Dios no responde sus oraciones, que le sobrevienen enfermedades, quebrantos económicos, etc. porque no perdona. Afortunadamente, muchos pastores de hoy en día han ampliado su visión y se van dando cuenta de la magnitud del problema, y ensayan estrategias para enfrentarlo, aunque algunas veces, aplicando alguna formula que fuera grandemente exitosa, entendiéndola pero sin llegar a comprenderla. Entender es poder explicar el “como”, comprender es poder explicar el “porqué”.

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Plantear el asunto del perdón desde una perspectiva analítica pareciera ser una perogrullada. Se entiende como obvio que hay que perdonarlo todo. “Setenta veces siete”, o lo que es lo mismo decir, siempre. Pero ¿Es posible? ¿Es tan sencillo? ¿Es lo que realmente quiso decir Jesús, cuando le respondió a Pedro?[1]

Leemos en el “Padrenuestro”: “(…) Y perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores (…[2]) ¿Realmente perdonamos? ¿Estamos capacitados para perdonar TODO?

 

El concepto de perdón se aplica en un sentido muy amplio que va desde un simple pedido de disculpas, hasta el perdón divino, boleto de entrada a la Vida Eterna. El diccionario lo define como la Remisión de la pena merecida, de la ofensa recibida o de alguna deuda u obligación pendiente”. A lo largo de la historia, el concepto va cambiando, y no todas las sociedades entienden lo mismo por “perdonar”. En el plano religioso, recordemos que el tema del perdón[3], fue la causa principal que motivó la Reforma Protestante, allá por el año 1517.

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Pero el objeto principal de este comentario tiene que ver con la injuria grave, que ha causado un dolor gratuito, inmerecido, que ha dejado secuelas, sentimientos de culpa, deseos de venganza, en definitiva, “raíces de amargura”. Me refiero al tipo de daño que va más allá de un insulto, o una ofensa al hermano[4].

 

 

SITUACIONES

 

Se ha planteado que el término perdonar es usado en un sentido muy amplio:

Vamos a ver una serie de contingencias, muy diferentes unas de otras, a las que podría aplicarse el tema del perdón.

 

1-     Si a una persona en su sano juicio, le es pisado un pié dentro de un colectivo repleto, seguramente no andaría armando un escándalo. En este caso el perdón sería inmediato, automático. Es decir, la persona injuriada no necesitará un tiempo de elaboración del pensamiento, para decidir si corresponde o no perdonar. Se denomina a esto “disculpa”.

2-     También podría suceder que un individuo, por problemas eventuales que afectan su vida personal, cierto día no se encuentra muy dispuesto a las relaciones sociales, y no saluda, o lo hace descortésmente, o se comunica de manera hosca e inadecuada, ofendiendo a su interlocutor.

Puede darse el caso en el que, en medio de un intercambio de opiniones, el tono de voz o las palabras elegidas no sean las mas apropiadas y, desconsideradamente, por la carga emotiva del momento, la persona agreda a una o varias personas. Aquí estamos en el terreno de las “ofensas”. Esto puede verse con frecuencia dentro del ámbito de las Iglesias.

3-     Mucho mas amplia es la gama de situaciones ofensivas, injuriantes, agraviantes, insultantes, etc., si nos adentramos en el terreno de las relaciones familiares, de pareja, o matrimoniales. A esta altura la cantidad y calidad de las ofensas pueden variar dentro de un standard inmensurable.

4-     Podría existir el caso en el que un individuo resulta perjudicado en alguna medida, por otro, un extraño, que no tuvo la intención de hacerlo. Por ejemplo, el conductor de un automóvil al que de improvisto, le fallan los frenos y embiste a un peatón. En derecho se hablaría de un caso “culposo”.

5-     Para seguir con un ejemplo sobre un accidente de tránsito. Imaginemos al conductor de un automóvil que circula por una calle urbana, a mas de 100 Km. hora. Entonces se le cruza una persona, no puede detener el auto y la atropella causándole la muerte.

En derecho se denomina a esto “dolo eventual” (en este caso, homicidio con dolo eventual) porque el individuo que conducía a tal velocidad en ése lugar, sabía que podría llegar a causar el daño que en definitiva concretó, pero no le importó.

¿Y que si el mismo conductor no estaba en pleno uso de sus facultades mentales porque estaba ebrio? Siendo que, ¡a no ser por esa maldita noche de exceso!, en su vida cotidiana es una buena persona, padre y ciudadano ejemplar.

6-     Un caso muy simple y a la vez muy frecuente de aplicación del perdón está expuesto en el siguiente ejemplo:

Una persona le pide a otra que le preste dinero, con el compromiso de devolverlo en cierto tiempo. Ahora bien, por alguna razón, de fuerza mayor, el deudor no puede hacer frente a su compromiso y no lo restituye.

Ante esta situación el acreedor (es decir, el que prestó el dinero) puede:

a) perdonar la deuda y al deudor;

b) perdonar la deuda pero quedarse con un resentimiento hacia el deudor                                                                (con deterioro de la relación);

c) persistir en su reclamo pero con una actitud comprensiva;

d) no perdonar la deuda ni al deudor, generando de esta manera una ruptura                                                                                                                                   de las relaciones interpersonales.

Absolutamente distinto sería el caso, si el deudor, teniendo los medios para devolver lo prestado, no lo hace. Podríamos llamar a esto una “defraudación”.

Más aún, peor sería el caso, si el acreedor, en realidad, ha sido víctima de una “estafa” (donde, ardid mediante, hay una intención previa de dañar, de obtener un beneficio en perjuicio de otro).

Y más grave todavía, sería si la estafa estuviese cometida por alguno de confianza, un socio, un amigo, un familiar o un hermano de la Iglesia. En este caso, la estafa conlleva un grado de psicopatía mayor por parte del estafador y  un daño moral superlativo para el estafado.

 

Si nos hubiera tocado ser la “víctima” en algunos de los casos hasta aquí planteados, ¿perdonaríamos de la misma manera? ¿Realmente podríamos perdonar en todos?

 

7-     Imaginemos un escenario en el que un ladrón desconocido, quizá drogado, ataca a un individuo, le roba sus pertenencias y lo asesina frente a su familia.

8-     Figuremos otro escenario en el que un sujeto, conocido, quizá un vecino, un empleado o a hasta algún familiar, con el ánimo de lograr dinero, organiza un secuestro, y luego, cobre o no el rescate, mata al secuestrado.

9-     Ubiquémonos en la piel de quien ha sido apresado, humillado, robado, torturado y ultrajado por una organización terrorista. Solo hagamos el esfuerzo por entender el daño sufrido por quienes padecieron el Holocausto judío en los campos de concentración nazis en la Europa de Hitler.

10- Vayamos más allá. ¿Puede imaginarse, quien no lo ha vivido, lo que significa haber sufrido maltrato infantil, o mucho peor, haber sido violado o violada por su propio padre? Y si no por su padre, lo hubiese sido por su hermano, su tío, su vecino, un extraño, o quien sea que fuese.

 

DESARROLLO

 

Vuelvo al planteo que principió este comentario. Acaso todas las injurias, las ofensas, los agravios, etc. tienen el mismo nivel de “perdonabilidad”. ¿Es tan fácil decir: Hay que perdonar, así porque sí?

 

Creo que hay diferentes tipos, aplicaciones, o niveles del perdón. Cabe decir que, el perdonar siempre es un acto virtuoso.

 

Hay circunstancias de mínimo agravio, en que el perdón puede darse en forma automática. Otras veces llegar al perdón implica ejecutar un período de elaboración, que en algún momento concluye favorablemente. Pero hay otros casos, graves, que por su nivel de injuria, determinan la imposibilidad absoluta para concretarlo. Muchos de estos  ultrajes producen un daño psíquico irreversible que, como planteé a principio, condicionan el desarrollo de una persona a nivel individual y social.

 

Al perdón aplicado en esta última circunstancia es a lo que me quiero referir. A aquellos casos de injuria mayor, de aberraciones, de agravios que van contra lo natural, de lo consecuente con lo más vil y despreciable de la mente y la conducta humana.

 

 

EL PERDÓN QUE VIENE DE DIOS

 

No todo acto de perdonar tiene una connotación de espiritualidad. En la mayoría de los casos, ni siquiera de moralidad. Aunque, insisto, siempre haya virtud en ello.

La acepción del término que pretendo analizar, es la que tiene que ver con una de las expresiones mas sublimes de la obra del Espíritu Santo: el perdonar lo imperdonable.

Este tipo de perdón constituye una gracia divina. Es el verdadero perdón, aquel que implica olvido, sin pretender nada a cambio, ni siquiera las gracias por otorgar el perdón. En idioma inglés la palabra perdón tiene la misma raíz que la palabra olvido. 

 

 

PERDÓN Y JUSTICIA

 

Cuando pensamos en el perdón de nuestros pecados, asumimos la idea de la absolución, del indulto divino, de la conmutación de la pena. Tenemos en claro que no sufriremos la condenación eterna y que no hay deuda pendiente, ya que Jesucristo nos redimió a través de muerte en la cruz. Y definitivamente eso es así. Sin embargo, si nosotros, personas comunes, fuéramos víctimas de la acción de un delincuente, difícilmente pensemos como justo, que nuestro agresor quede en libertad, impune. Paradójicamente, creemos tener en claro y muchas veces tenemos la sensación de merecer ser salvos, cuando a los ojos de la Ley divina, un pecador no es otra cosa que un “criminal espiritual” que viene con ese status desde su nacimiento, desde el pecado original en el Edén. ¿Se da cuenta, que acogerse a la Gracia de Dios, implica de alguna manera, pretender impunidad?  En cierta manera es así, Dios nos perdona, nos indulta. Pero en la idiosincrasia de Dios no hay injusticia, ya que su propio hijo cargó con la condena que nos correspondía. Desde la perspectiva del sentimiento humano, comprender esto es imposible. Si comprender es imposible, cuanto más sería hacerlo.

 

 

PERDONAR LO IMPERDONABLE

 

Planteado de esta manera, el perdonar aquello que desde la lógica no es razonable, que va en contra de nuestras pulsiones más básicas, es un acto del Espíritu en su más alta expresión. Este tipo de perdón no puede ser otorgado por el hombre desde su propia voluntad, sino por la convicción surgida de un alineamiento perfecto con la voluntad de Dios. En otras palabras, el espíritu del hombre en absoluta sintonía con el Espíritu Santo. El accionar del Espíritu Santo que escudriña lo más profundo de cada persona, adentrándose hasta los niveles inconscientes, lleva a cabo un trabajo reparador profundo e integral del espíritu y el alma de la persona. Si la Sanidad interior, condición indispensable para poder perdonar, se da en un acto o en un proceso, corresponde a la potestad del Espíritu Santo tal determinación. No existen, según mi criterio, rituales o fórmulas para forzar al Espíritu Santo. La sintonía con Él, dada a través del proceso de Santidad, con todo lo que ello implica (vida ordenada, pureza, oración, comunión, etc.), constituye la única oportunidad de acercarse a la gracia de perdonar en un nivel superior.

Solo el perdón devenido de la “orden” del Espíritu Santo, es efectivo y libre de consecuencias. Un perdón mal otorgado puede ser de gran problema para el dador, aunque este tenga las mejores intenciones.

¿Perdonaríamos al ladrón que nos robó una y mil veces? Quizá si, pero ¿sería prudente dejarlo solo en la casa y pretender que no pasó nada? ¿Perdonaríamos a nuestro violador y lo invitaríamos a compartir la mesa?

¡Sería ridículo! ¡Una falta absoluta de sentido común! No seamos hipócritas.

 

 

EL DILEMA

 

A esta altura de las cosas planteo el interrogante, pero de otra manera: ¿Es absolutamente obligatorio perdonar? Mi respuesta es: NO.

Cabe aclarar que no estamos hablando de simples ofensas.

El cristiano, lleno del Espíritu, tiene la obligación de buscar la perfecta sintonía con Dios. Esto va a llevar a conocer su voluntad. El creyente, lleno del Espíritu percibe y/o conoce la disposición de Dios a perdonar, sabiendo por experiencia propia y por el oír de la Palabra, que su esencia es Amor. Llegar a tener la mente de Cristo, no solo implica conocer su ánimo siempre dispuesto a perdonar sino a compartir ese ánimo al incorporarlo como propio.

Dicho de otra manera, tener la mente de Cristo significa que nosotros debemos tener un ánimo dispuesto a perdonar. Esto no significa en absoluto que debamos perdonarlo todo.

 

“Yo tengo la voluntad de perdonar porque sé que ese es el deseo universal de Dios. Ahí está mi descanso. En el Señor.” Demasiado con las consecuencias del daño de un agresor, para todavía cargar con la culpa de no poder perdonarlo. ¡Miserables aquellos líderes de Iglesias que por ambición o ignorancia utilizan el dolor para manipular las voluntades! NO DEBERÍA EXISTIR TAL CULPA. Cierto grado de agresión solo debe perdonarse con la garantía del Espíritu Santo.

 

 

CONDICIONES

 

El perdón debe ser solicitado. Jesús, colgado en el madero, perdonó al ladrón crucificado a su lado que lo solicitó. ¿Cómo sabía Jesús que el pedido fue genuino? Porque el Espíritu Santo que moraba en Él daba testimonio de eso. Solo el Espíritu Santo puede dar prueba de un verdadero arrepentimiento.

Jesús dijo, en la antesala de su muerte, en medio del más terrible sufrimiento: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”[5]. Jesús le pide al Padre por sus asesinos pero no se atreve a otorgarles el perdón Él mismo, ¿Por qué? Porque no tenía la convicción del Espíritu Santo. ¿Acaso creemos que los asesinos de Jesús fueron salvos? La decisión de otorgar o no el perdón, ante tal nivel de gravedad, se correspondía con la jerarquía del Padre. Tengamos en cuenta que Jesucristo en la tierra era Dios hecho hombre. Era un hombre lleno del Espíritu en la más perfecta armonía con el Padre.

 

El Espíritu Santo es el único vínculo capaz de compatibilizar la correspondencia perdonador – perdonado.

Así como vimos que hay condiciones que deben darse por parte de quien desea perdonar, también hay condiciones para aquel que desea ser perdonado.

El Espíritu Santo está dispuesto a perdonar, tal como sucede con la Salvación. El asunto es “si se quiere” ser perdonado. O “porqué” o “para que” se quiere ser perdonado. Hay intenciones ocultas en los corazones de los hombres que solo pueden ser reveladas por el Espíritu Santo. ¿Quién sino Dios, sabe si un pedido de perdón es realmente genuino? Incluso, nadie sabe con certeza, sino solo Dios, las consecuencias de tal acto, tanto para el dador como para el receptor de la dádiva.

 

 

UN EJEMPLO MÁS

 

Si bien al comienzo de este comentario, traté de dejar en claro lo lesivo que puede resultar no perdonar, también pretendo argumentar que no es siempre facultad del hombre ejecutar el perdón. Perdonar a quien no debe serlo, puede traer consecuencias catastróficas, sobre todo si el perdón conlleva el reestablecimiento de un vínculo.

 

Supongamos que un hombre engaña a su esposa y a consecuencia de esto hay una ruptura en el matrimonio. Ahora bien, la esposa, convencida de que debe perdonar, invita a su marido a regresar al hogar. Lo perdona y el esposo “dice” que nunca mas le va a ser infiel. Resulta que las cosas parecen caminar bien, la pareja tiene varios hijos, y al cabo de un tiempo, la esposa se entera que su marido, a quien ella había perdonado, no solo tiene una amante, sino que ya pasaron varias, e incluso lleva una doble vida, con otros hijos esparcidos por quien sabe donde.

 

Ahora el problema se magnificó hasta un punto inimaginable y de no retorno. Dígame, querido lector ¡¿Quién Diablos mandó a esa pobre mujer a perdonar a su marido?!

 

La causa que motivó ese conflicto no es otra cosa que el pecado, y cuando se trata de perdonar un acto surgido del pecado, en cierta manera se está pretendiendo perdonar un pecado. ¡Esa es una facultad divina!

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Dios es amor, grande en misericordia y presto a perdonar. Sin embargo la Biblia está repleta de ejemplos, historias y circunstancias en que los que Dios no perdonó.

 

 Jehová no perdonó a Lucifer ni a sus ángeles que se rebelaron contra Él. Dios no perdonó a la raza humana luego de su caída. Les dio oportunidades, pero no indultos automáticos. Dios destruyó a la humanidad con el Diluvio. Jehová se asqueó de la perversidad de Sodoma y Gomorra y las hizo desaparecer.

Después de la caída del hombre, la humanidad marcha hacia un destino de condenación eterna, salvo aquellos que se arrepienten de sus pecados y son perdonados por la Gracia de Dios. El apóstol Pablo menciona que la blasfemia al Espíritu Santo no será perdonada.

 

Si Dios el Padre, no perdona todo. Acaso nosotros, que fuimos creados a su semejanza habremos de hacerlo. ¿Seremos superiores a Dios?

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Echemos nuestras cargas sobre el Señor. Dejemos que el Espíritu Santo se encargue de nuestros conflictos, de nuestras raíces de amargura. La culpa de haber sufrido una agresión es del agresor. Los sentimientos de culpa no deberían emerger de una falsa idea de que es obligatorio perdonarlo todo.

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. [6]

 

Insisto en reiterar una idea ya mencionada.

 

El cristiano, lleno del Espíritu, tiene la obligación de buscar la perfecta sintonía con Dios. El Señor está siempre dispuesto a perdonar. Jesucristo es el SANADOR. Llegar a tener la mente de Cristo, implica conocer esto. Dicho de otra manera, tener la mente de Cristo significa que nosotros debemos tener un ánimo dispuesto a perdonar. La convicción del perdón viene por el Espíritu Santo y es una concesión dada por Gracia y voluntad del Padre. Busquemos la Santidad, sin la cual nadie verá a Dios. Al vivir la Santidad, estaremos descubriendo el maravilloso estado de la Gracia, en donde el Espíritu Santo intercede por nosotros, haciendo nuestras cargas llevaderas, haciendo posible lo imposible, y ocupándose de lo que por nuestra humanidad no podemos.

 

La Religión, y el Evangelio mal entendido, fundamentan su existencia en la necesidad de CREAR culpas. El verdadero Evangelio, el Evangelio de la Gracia, nos LIBERA de ellas.



[1] Mateo 18:21-22

“21 Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? 22 Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.”

[2] Mateo 6:14,15

[3] Martín Lutero, 31 de Octubre de 1517, sobre las Indulgencias, las “95 Tesis”.

[4] Mateo capítulo 18

[5] San Lucas 23:34

[6] San Mateo 6:33